De mi infancia, uno de los mejores recuerdos que guardo son los viajes que hacíamos con mis padres en verano. Estábamos de dos a cuatro semanas dando tumbos con el coche por Europa, conociendo en la medida que podíamos sus diferentes países. Evidentemente la experiencia de viajar por aquel entonces era muy diferente a la de ahora. Estamos hablando de la Europa de los años 80 repleta de puestos fronterizos, con múltiples divisas, con algún que otro muro incluido, y con un “este” lleno de malvados comunistas –cosas de los últimos coletazos de la Guerra Fría-.

Mi padres pasaban gran parte del año preparando meticulosamente cada una de estas salidas familiares. Se marcaba un país objetivo y a partir de ahí se construía la ruta y se calculaba todo: cuántos kilómetros íbamos a hacer, cuánto tiempo nos iba a costar hacer el recorrido, cuánta gasolina iba a ser necesaria, qué países íbamos a atravesar para tener en cuenta las divisas a llevar, en qué poblaciones teníamos previsto parar… Esto en una época en que no existía internet, y que te limitabas a contar con la guía Michelin, los mapas de carreteras, y las indicaciones que encontrábamos por el camino o que buenamente habíamos logrado sacar a los lugareños, en el caso de entendernos. Ni foros de viajes, ni blogs, ni Google Maps, ni TripAdvisor, ni Airbnb, ni locales donde poder pagar con la tarjeta de crédito, ni nada por el estilo. A pelo, o al menos esa es la sensación que tiene uno ahora al verlo con perspectiva.

Recuerdo haber pasado múltiples horas en el coche en las que entreteníamos el tiempo mi hermana y yo tirando de lo que había a nuestro alrededor y, sobre todo, de nuestra imaginación. Tras largas jornadas de coche, visitas a ciudades, pueblos, monumentos y demás, nos recogíamos en algún camping –su búsqueda era otra aventura más en el camino-, donde mi hermana y yo apuntábamos en nuestros cuadernos de viaje nuestras experiencias. Algunas de esas libretas han logrado sobrevivir con los años y es curioso ver cómo percibíamos el mundo por aquel entonces.

Estoy casi segura que mi pasión por el arte nació en uno de los varios viajes que hicimos a Italia. Sé que Boticcelli, al que vi por primera vez en Florencia, me dejó fascinada con sus bellas figuras femeninas. Aluciné con Venecia, quién no, y aún hoy en día puedo notar la textura del barro en mis pies del lago de Garda. Recuerdo las increíbles mareas del norte de Francia, algo que para los que vivíamos al lado del Mediterráneo era de lo más exótico, y los espectaculares châtaux del Loira, ideales para nuestros cuentos repletos de príncipes azules. Como no podía ser menos para una niña, disfruté como una loca con el Centre Pompidou y con la Fuente Stravinsky que hay en su plaza obra de los artistas Jean Tinguely y Niki de Saint Phalle. En Alemania la espléndida naturaleza de Selva Negra me dejó anonada, y me sobrecogí ante los controles de acceso a Alemania del Este, y resulta imposible no olvidar las tumbas junto al muro de Berlín de todos aquellos que fallecieron en su intento de huir hacia occidente. Del viaje a Austria, que fue uno de los primeros, recuerdo la lluvia cayendo a mares en un camping de Innsbruck y los increíbles helados de Viena.

Estos son algunos recuerdos sueltos de los miles de kilómetros viajados, en una época de mi vida en que mi visión de las cosas era muy diferente a la de ahora, y sí, el mundo era otro. Siempre he tenido claro que a todo ese camino recorrido por aquel entonces le debo mucho el haber llegado al lugar hasta en el que estoy ahora. La carrera de Historia del Arte, las ganas de aventura, y hasta la casualidad de que haya acabado dedicando una parte de mi jornada laboral a escribir sobre viajes se la debo a esos viajes veraniegos en familia.